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domingo, 22 de marzo de 2015

1997, Mundial sub'20: Gris anonimato

Puede que el Mundial sub’20 de Qatar se cerrara de manera decepcionante para España, pero aquel año 1995 sí acabó marcando un hito en la historia de nuestro fútbol juvenil: por primera vez desde que la UEFA empezó a organizar el torneo allá por 1955, la selección española se proclamó Campeona de Europa sub’18. Debido a las peculiaridades del formato, forzadas por el progresivo aumento de naciones participantes, España no empezó su camino hacia el título continental juvenil hasta pocas semanas después del Mundial de Qatar, cuando superó a Rumanía y Ucrania en una ronda previa disputada en Palencia en el mes de mayo. En ese triangular jugaron varios de esos chavales que se habían hecho famosos para el gran público en el reciente torneo sub’20, como César, Mingo, Roger, Toni Velamazán o Joseba Etxeberria; aunque luego Goikoetxea sólo se llevó a los dos primeros a la fase final de Grecia en el mes de julio, con futbolistas de la talla de Rufete, Iván Ania, Miguel Ángel Angulo, Guti, Diego Ribera o Carlitos Domínguez la selección española no tuvo problemas para batir sucesivamente a Hungría (2-1), Turquía (3-0), Países Bajos (2-1) e Italia, a la que derrotó por un contundente 4-1 en la gran final con un triplete del sevillista Carlitos. Cuarenta y un años después, una generación de juveniles españoles podía presumir de ser la mejor de Europa. Algo empezaba a cambiar.
La siguiente temporada, en la que estaba en juego la clasificación para el Campeonato Mundial Juvenil de Malasia 1997, arrancó con una serie de amistosos en Italia y Austria cuyos resultados dejaron bastantes dudas sobre el futuro de la nueva generación, que perdió contra Italia, Francia y Alemania y sólo pudo superar a la selección austriaca. Por suerte, las cosas mejoraron en los partidos oficiales. En la primera fase previa del Campeonato de Europa, en octubre de 1995, los de Goikoetxea viajaron a Eslovaquia para medirse en un triangular a la selección local y a Ucrania. Una victoria por 2-1 sobre los ucranianos y un 0-0 ante los anfitriones bastaron para certificar el pase a la siguiente ronda, una eliminatoria a ida y vuelta contra Noruega que se disputaría entre abril y mayo de 1996. Con el rodaje adquirido en la “Copa del Atlántico” grancanaria y el “Memorial Paolo Valenti” en tierras italianas, España no tuvo problemas para superar a los nórdicos (3-1 en la localidad oscense de Monzón y 0-4 en Oslo) y obtuvo su billete para la fase final del Europeo sub’18.
Como era y sigue siendo habitual, el torneo se disputó a finales de julio, en esa ocasión en Francia y Luxemburgo, y, como sucediera en 1993, cuando expiró el contrato de Chus Pereda, España no contó en esa fase final con el seleccionador que había logrado la clasificación. El contrato de Andoni Goikoetxea finalizaba el 31 de julio de 1996 pero Javier Clemente decidió finiquitar a su ayudante un mes antes, tras la eliminación en la Eurocopa de Inglaterra, a raíz de unas declaraciones en las que Goiko se quejó del ostracismo al que se veía sometido en su trabajo. Responsable máximo de todas las categorías de la selección, en los últimos meses Clemente había asumido un mayor protagonismo en los equipos que teóricamente estaban a cargo de su segundo, como la sub’21, a la que el seleccionador absoluto dirigió en la fase final del Europeo celebrada en Barcelona en el mes de mayo, y la olímpica, cuya lista de convocados para los Juegos de Atlanta fue anunciada directamente por Clemente sin contar con Goikoetxea. Detalles que, unidos a las tensiones surgidas durante la concentración de la Eurocopa, aceleraron el adiós de un Goikoetxea que ya había anunciado su intención de buscarse un banquillo en algún club cuando acabaran los Juegos Olímpicos.
El equipo español que compitió en el Mundial sub'20 de Malasia 1997
(Marca, 16/06/1997)

sábado, 24 de enero de 2015

1991, Mundial sub'20: El final de una era

Poco más de tres meses después de que su selección conquistara el Campeonato Mundial Juvenil de Arabia Saudita 1989, Portugal era designada sede de la siguiente edición. La candidatura lusa fue la elegida por el Comité Ejecutivo de la FIFA entre las de una docena de países, siendo la de España una de las derrotadas. Los bajos costes de organización (Coca-Cola seguía ocupándose de sufragar las estancias de las selecciones) y la cada vez mayor repercusión televisiva del evento despertaban el interés de muchas federaciones, pero la FIFA seguía prefiriendo naciones que no hubieran albergado ningún Mundial absoluto, un criterio del que únicamente se había apartado en 1983, cuando quiso llevar el campeonato juvenil a la CONCACAF y sólo encontró las candidaturas de México y Guatemala. Por tradición futbolística, tamaño y fechas, la portuguesa era la mejor alternativa; además, su elección suponía un premio añadido al título conseguido por Portugal en Arabia Saudita, que había generado un grandísimo impacto entre la afición de nuestro país vecino. Y como en el Mundial sub’16 de ese mismo 1989, en Escocia, los más jóvenes también habían protagonizado una brillante actuación al acabar terceros, en Portugal confiaban en que esa nueva generación repitiera triunfo en casa.
Perdida la opción de clasificarse automáticamente como país anfitrión, España tuvo que concentrarse en el difícil camino hacia el Mundial juvenil, que había arrancado ya en noviembre de 1988 con el primer partido de clasificación para el Campeonato de Europa sub’18 de 1990. Tras las victorias iniciales ante Dinamarca (4-2) y Austria (1-2), se perdió en la visita a los daneses (2-0), pero la igualdad entre los demás rivales no penalizó ni ese tropiezo ni el posterior empate en casa contra Rumanía (0-0). España sumó dos nuevas victorias frente a Austria (3-1) y Rumanía (1-3) y lideró el grupo con nueve puntos, por los seis de Dinamarca y Rumanía y los tres de Austria.
A finales de julio de 1990, España viajó a Hungría para disputar la fase final del Campeonato de Europa sub’18. Seguía vigente el formato de eliminatorias directas desde cuartos de final, por lo que ganar el primer partido ante Irlanda significaba garantizarse una de las cinco plazas europeas en el Mundial sub’20 de Portugal 1991 (la sexta era, lógicamente, para el país anfitrión). No tuvo España excesivos problemas para conseguir su billete: aunque no pudieron abrir la lata irlandesa hasta la segunda parte, los de Pereda se hicieron con una fácil victoria por 3-0. En semifinales esperaba precisamente Portugal, cuya buena actuación en el Europeo confirmó que llegaría a su Mundial como una de las grandes favoritas. Con varias bajas en defensa, España se mostró muy insegura y no pudo levantar el 1-2 con el que se llegó al descanso. El Campeonato de Europa juvenil seguía siendo inaccesible para la selección española, que sumaba ya más de treinta y cinco años sin conquistar el título. Al menos, pudo despedirse de esa edición con una victoria por 1-0 ante Inglaterra en el partido por el tercer puesto. Por segunda ocasión consecutiva, la URSS se proclamó campeona de Europa sub’18 al derrotar a Portugal (esta vez en los penaltis), mientras que Suecia e Irlanda completarían la representación del Viejo Continente en el Mundial juvenil de 1991.

Parte de la plantilla de España para el Mundial sub'20 de Portugal 1991
(Marca, 14/06/1991)

martes, 23 de diciembre de 2014

1989, Mundial sub'20: Fiasco en Arabia

Tras el brillante e inesperado subcampeonato alcanzado en la URSS 1985, la selección española volvió a faltar a la siguiente cita mundialista sub’20. El Campeonato de Europa sub’18 había cambiado de formato tras la edición de 1984, pasando a celebrar sus fases finales cada dos años y con sólo ocho equipos en lugar de dieciséis, que además se tendrían que jugar el título continental en formato de copa desde cuartos de final. La clasificación, por tanto, se hacía mucho más complicada, y España sufrió pronto esa nueva dureza. Encuadrada en la liguilla de clasificación con Luxemburgo, Francia y Yugoslavia, la selección española juvenil acabó tercera de grupo y quedó fuera del torneo. Pese a que por aquellas convocatorias desfilaron jugadores de la talla de Villarroya, Rafa Alkorta, Nando, Cristóbal Parralo, Guillermo Amor, Juan Carlos Mandía o Santi Aragón (además de algunos subcampeones mundiales como Unzué, Ferreira, Lizarralde, Nayim o Losada), la falta de cohesión de un grupo que cambiaba mucho de un partido a otro y la fortaleza de los rivales dejaron a España muy lejos de cualquier opción mundialista.
Fue precisamente Yugoslavia, que lideró el grupo clasificatorio pero sólo pudo acabar quinta en ese Europeo de 1986 (que ganó la República Democrática Alemana), la que un año más tarde inscribiría su nombre con letras de oro en el palmarés de los mundiales juveniles. En Chile 1987, los Robert Prosinecki, Predrag Mijatovic, Davor Suker, Zvonimir Boban, Robert Jarni, Dubravko Pavlicic, Branko Brnovic o Igor Stimac escribieron una de las páginas más memorables de los campeonatos sub’20, con una victoria que la guerra les impediría intentar reeditar unidos en categoría absoluta.
Para cuando Yugoslavia ganaba el título mundial en Chile, la nueva selección española sub’18 ya había encarrilado su presencia en la siguiente fase final del Europeo juvenil, la de 1988. En un grupo en el que también figuraban Luxemburgo y Malta estaba claro que todo se iba a decidir en los duelos directos entre España e Italia, y los de Pereda habían golpeado primero al derrotar a los transalpinos en su casa por 0-1 en marzo de 1987. Los demás choques se resolvieron por goleada (0-4 y 7-0 a Luxemburgo y 6-0 a Malta) antes de recibir la visita de Italia en el mes de noviembre. Con otra victoria por la mínima, España se aseguró el liderato y cerró la fase previa con un intrascendente 0-2 en Malta y un imponente registro de seis victorias en seis partidos, con veintiún goles a favor y cero en contra.
La fase final del Campeonato de Europa sub’18 se disputó a finales del mes de julio de 1988 en Checoslovaquia. Había seis plazas en juego para el Mundial de Arabia Saudita 1989, de modo que vencer en cuartos de final garantizaba la clasificación; en caso de derrota, aún quedaría una última opción en un partido contra otro de los eliminados. 
Alineación de España en el Mundial sub'20 de Arabia Saudita 1989
(extraída del Informe Técnico oficial del campeonato)

jueves, 20 de noviembre de 2014

1985, Mundial sub'20: Un equipo para la Historia

Después de haber sido la única selección europea que conseguía disputar los tres primeros mundiales juveniles, España falló en la cuarta cita. En el Campeonato de Europa sub’18 de 1982 el equipo de Pereda no fue capaz de sumar ningún punto ante Bulgaria, Polonia y Bélgica, por lo que los Juan Carlos Ablanedo, Ricardo Serna, Eloy Olalla o Miguel Pardeza no pudieron viajar a México el verano siguiente. Allí, Brasil obtendría su primer título mundial sub’20 gracias a la actuación de hombres como Jorginho, Dunga o Bebeto, aunque el mejor jugador y máximo goleador fue Geovani Silva, que luego tendría una buena carrera pero no tan destacada como la de algunos de sus compañeros. Otros futuros grandes futbolistas presentes en aquel campeonato fueron Marco van Basten, Toni Polster, Luis Islas, Óscar Dertycia, Rubén Sosa, José Luis Zalazar, Tab Ramos o Wilfred Agbonavbare, por citar algunos de los más conocidos para los aficionados españoles. Con más de un millón de personas en las gradas, el de México 1983 fue un gran Mundial sub’20 en todos los aspectos.
La no clasificación de los juveniles para ese campeonato fue un pequeño jarro de agua fría para un fútbol que estaba a punto de recibir un mazazo aún mayor. En lo que nos ocupa, el fiasco de España’82 supuso el nombramiento de Miguel Muñoz como nuevo seleccionador absoluto pero no implicó más cambios en el organigrama técnico de la Federación Española, por lo que Jesús Pereda se mantuvo al frente de la sub’18. Después de otro irregular papel en el Europeo juvenil de 1983 (tras eliminar a Países Bajos en la ronda previa, se perdió con Inglaterra, se ganó a la URSS y se empató con Escocia para quedar otra vez fuera de la lucha por el título), el Campeonato de Europa sub’18 de 1984 se presentaba como un nuevo examen para el fútbol base español. En el horizonte, el Mundial sub’20 de Chile 1985, primero que acogería Sudamérica.
Llegar no fue sencillo. En marzo, en la eliminatoria de acceso a la fase final del Europeo, hubo que deshacerse de un duro rival: Francia. Tras perder por 1-0 en la ida, disputada en la localidad gala de La Rochelle, con un gol en el descuento, en la vuelta en Gijón los juveniles españoles se vieron nuevamente por detrás en el marcador a la media hora de juego. Por suerte, el equipo se rehízo rápidamente y la remontada se culminó en la segunda parte con un gol de Goyo Fonseca. Con el 3-1 final, España obtenía su clasificación para el campeonato a celebrar a finales de mayo en la Unión Soviética.
Plantilla de España para el Mundial sub'20 de la URSS 1985
(Marca, 16/08/1985)

jueves, 16 de octubre de 2014

1981, Mundial sub'20: Lo que pudo haber sido y no fue

Mientras Argentina celebraba sobre el césped el título recién conquistado ante la URSS, en el marcador del Estadio Olímpico de Tokio ya se emplazaba a los aficionados para la siguiente edición del Mundial juvenil, a celebrar en 1981 en Australia. Con esta concesión, Joao Havelange cumplía con su promesa de llevar estos campeonatos a todos los continentes que jamás habían organizado un evento FIFA: tras África y Asia, Oceanía completaría el círculo evangelizador iniciado en Túnez 1977. Además, plenamente aceptado por el mundo del fútbol y consolidado en su estructura bienal sub’20, el “Torneo Mundial de Juveniles por la Copa Coca-Cola” cambiaba su nombre y adoptaba una denominación algo más formal: el de Australia sería el primer “Campeonato Mundial Juvenil por la Copa Coca-Cola”.
Podríamos decir que el largo y tortuoso camino a la isla continente empezó oficiosamente para España en noviembre de 1979, apenas dos meses después del Mundial de Japón, en la prestigiosa “Copa Príncipe Alberto” que se celebraba anualmente en Montecarlo en honor del entonces joven heredero monegasco. Tras las primeras pruebas de la primavera, el torneo de Montecarlo sirvió para que Jesús Pereda y José Emilio Santamaría comenzaran a trabajar de lleno con el bloque que debería luchar por su presencia en el “Torneo de Naciones de la UEFA” de 1980, que daría acceso al Mundial sub’20 de 1981.
En Mónaco, pese a contar con jugadores de la talla de Andoni Zubizarreta, Roberto Fernández, Urbano Ortega o Ángel Pedraza, por citar a algunos de los que luego tendrían una carrera más exitosa como profesionales, España acabó en una discreta sexta posición, generando dudas de cara a los compromisos oficiales del año siguiente. Sin embargo, con la incorporación de Jose Mari Bakero y, sobre todo, de José Miguel González Martín del Campo, “Míchel” (al que Pereda usaba en muchas ocasiones como falso delantero centro), ambos de escasos diecisiete años, el equipo mostró claros signos de mejoría en los dos amistosos disputados en casa contra Portugal (2-0) y Rumanía (0-0) a comienzos de 1980. Unas buenas sensaciones que se confirmaron en la eliminatoria de acceso al Europeo juvenil, en la que la selección jugó con brillantez y derrotó sin problemas a Suiza en ambos partidos: 3-0 en Ciudad Real y 0-2 en la encerrona que prepararon los suizos en un minúsculo campo de Altstätten.
Plantilla de España para el Mundial sub'20 de Australia 1981
(Mundo Deportivo, 01/10/1981)

miércoles, 17 de septiembre de 2014

1979, Mundial sub'20: España y un Sol naciente

A pesar de todas las dificultades y dudas surgidas en torno a la creación de los campeonatos mundiales juveniles, para cuando el balón dejó de rodar en Túnez casi todo el mundo había asumido ya que el proyecto de Havelange era, en general, una buena idea. Así lo demuestra el hecho de que la FIFA tenía entonces sobre la mesa nada menos que seis candidaturas para albergar la edición de 1979: las de Estados Unidos, Irán, Australia, Japón, Uruguay y Países Bajos. El caso del país europeo era especialmente significativo, ya que la federación neerlandesa era una de las que había respondido negativamente a la invitación inicial que la FIFA había hecho a sus miembros para participar en la primera edición. Dos años después, Países Bajos no sólo quería jugar el torneo, sino que pretendía organizarlo. Su candidatura, sin embargo, tenía poco que hacer en esa carrera, porque la FIFA pretendía seguir llevando su torneo juvenil a países donde el fútbol estuviera prácticamente en pañales.
Eso sí: esta vez también se querían evitar los problemas sufridos en Túnez, así que las propuestas de Japón, Australia y Estados Unidos parecían partir con cierta ventaja, pues eran países desarrollados, con buenas infraestructuras deportivas y hoteleras y capaces de captar más patrocinadores y televisiones para la causa. Finalmente, el 14 de enero de 1978, un día antes del sorteo de la fase de grupos del Mundial de Argentina, el Comité Ejecutivo de la FIFA eligió a Japón como sede del segundo “Torneo Mundial de Juveniles por la Copa Coca-Cola”, que además ampliaba su rango de edad y se abría a jugadores menores de 20 años (se permitió la participación de futbolistas nacidos a partir del 1 de agosto de 1959). Entonces era difícil adivinarlo pero, tras el experimento sub’19 de Túnez 1977, aquel campeonato se acabaría convirtiendo en el espaldarazo definitivo que consagraría a los Mundiales juveniles como un torneo de referencia en todo el planeta.
Y todo porque el país del Sol Naciente alumbró el nacimiento de la que sería la estrella más brillante del firmamento futbolístico durante los siguientes quince años: un pibe argentino que, con el 10 a la espalda, quiso sacarse la espinita de no haber sido incluido en la escuadra definitiva para el Mundial absoluto del año anterior. Sin haber cumplido los diecinueve y con el mismísimo César Luis Menotti en el banquillo, Diego Armando Maradona Franco hizo y deshizo a su antojo para decirle al mundo (y al Flaco) que no había nadie mejor que él. Y el mundo lo vio y tomó nota y, desde entonces, los mundiales juveniles se convirtieron en una especie de dorada California de 1849 a la que aficionados y clubes comenzaron a acudir en masa para intentar descubrir al nuevo crack del futuro. El tiempo acabaría por confirmar que el oro puro suele escasear, pero no resulta descabellado afirmar que, con su deslumbrante actuación en Japón, Maradona hizo más por la promoción de estos campeonatos que Joao Havelange, Harry Cavan, Joseph Blatter (que en 1979 proseguía su meteórica ascensión y ya era secretario del comité organizador del torneo) y el resto de ejecutivos de la FIFA juntos.
Y, aunque su presencia en aquella edición no acabara pasando a la historia como la del “Pelusa”, España también estuvo allí. 
La expedición española que viajaría al Mundial juvenil de Japón 1979
(Fuente: Marca)

domingo, 13 de julio de 2014

1977, Mundial sub'20: Todo comenzó en Túnez

Cuando en 1974 Jean-Marie Faustin Goedefroid de Havelange llegó a la presidencia de la FIFA, el mundo (también el del deporte) estaba cambiando política y económicamente y el dirigente brasileño supo verlo mejor que nadie. Ya durante su campaña electoral el antiguo nadador olímpico había jugado con éxito la baza que suponía el poder convertirse en el primer presidente no europeo en la historia de la asociación, aglutinando en torno a su figura a muchas federaciones de países tradicionalmente alejados de los centros de poder (muchos de ellos porque su independencia era tan reciente que ni siquiera habían tenido tiempo de entrar en esos círculos). Y, una vez instalado en el sillón de Zúrich, Joao Havelange no tardó en cumplir las promesas realizadas a esas naciones que tan poco habían sido tenidas en cuenta anteriormente, ganándose su fidelidad para muchos años.
Con la ayuda de Horst Dassler, el dueño de Adidas (que había apoyado sin fisuras la candidatura para la reelección de Sir Stanley Rous pero que obviamente no tuvo mayor inconveniente en sumarse al proyecto de Havelange en cuanto el inglés fue derrotado), el brasileño puso en marcha ambiciosos programas de desarrollo futbolístico en países del Tercer Mundo, negoció la ampliación de plazas en los Mundiales para mejorar la representación continental y abrió definitivamente las puertas de la FIFA a las televisiones y casas comerciales, cuyo dinero debía sufragar todas esas inversiones y reformas impulsadas por el nuevo presidente. Coca-Cola fue una de las primeras y más importantes marcas en subirse a la nueva ola y, gracias a su inversión, Havelange pudo poner en marcha otro de sus grandes proyectos: la creación de un torneo mundial de selecciones juveniles, un auténtico campeonato del mundo a imagen y semejanza del absoluto, con unas reglas claras de periodicidad y límites de edad y abierto a la participación de todos los países del globo.
El único precedente de enfrentamientos oficiales entre selecciones juveniles de varios continentes databa de comienzos de los años 50, cuando la FIFA se encargaba de la organización del torneo juvenil europeo y, para las ediciones de 1953 y 1954, había invitado a Argentina. Por eso aquellos campeonatos pasaron a la historia (el de 1954 con victoria española, por cierto) como Mundiales, sin serlo realmente de acuerdo con los estándares actuales. Pero, a partir de 1955, la UEFA asumió la organización del torneo europeo y éste se cerró a participantes foráneos. En aquel tiempo, los elevados costes de traslados y alojamientos y la escasa repercusión mediática y económica de esos campeonatos intercontinentales juveniles hacían inviable su celebración. Sin embargo, veinte años más tarde, el mundo era otro… y la FIFA también.

Once titular de España, extraído del Informe Técnico Oficial
del Campeonato Mundial juvenil de Túnez 1977



Perfil de los españoles convocados (Fuente: Marca)

domingo, 18 de marzo de 2012

1996, Europeo sub'21: Lágrimas en Montjuic

Pocos torneos se mantienen aún tan frescos en la retina de los aficionados como aquel Europeo sub’21 de 1996. Como apuntamos al repasar el Mundial sub’20 de Qatar 1995, la irrupción de dos chavales llamados a comerse el mundo, uno en cada uno de los dos grandes de nuestro fútbol, y rodeados además por todo un grupo de grandes jugadores que en la era pre-Bosman disfrutaban de muchos minutos en Primera, hacía que el público siguiese con más interés del habitual las andanzas de esta generación. Y obviamente el amargo final de este sueño, en casa y con el fallo precisamente de las dos grandes estrellas del equipo, hace que no podamos olvidarlo. Pero como siempre, empecemos por el principio.

Y en este caso el principio está casi dos años antes. Como durante tantos años fue costumbre de la UEFA, la fase clasificatoria del X Campeonato de Europa sub’21 discurría paralela a la que llevaría a la Selección Absoluta a la Eurocopa de Inglaterra: mismos rivales y mismo orden de partidos para optimizar los desplazamientos de las selecciones. Así, en septiembre de 1994 arrancaba en Chipre un viaje que acabaría en los Juegos Olímpicos de Atlanta, con escala (por entonces desconocida) en Barcelona. Los de Andoni Goikoetxea goleaban 0-6 en Larnaca con triplete del valencianista Pepe Gálvez, y luego sendos goles de Óscar García Junyent servían para derrotar por la mínima a Macedonia y Dinamarca. Además de los goleadores citados, los Karanka, Santi Denia, Mendieta, Sandro, Marcos Vales, José Ignacio, Dani, Morales, Roberto Fresnedoso, Jordi Lardín o Javi De Pedro hacían de las suyas en cada partido y evidenciaban por qué casi todos ellos eran ya, pese a su juventud, habituales en Primera. Sin embargo, la cosa se complicó en el siguiente encuentro en Bélgica: los locales llegaban también con pleno de victorias, Dani García Lara estaba en el ojo del huracán por su positivo por efedrina y, para colmo de males, Gaizka Mendieta debía ser operado de urgencia en Bruselas de una apendicitis. Pese a todo, España solventó el choque con un 3-3, doblete de Dani incluido, y acabó el año 94 empatada a puntos con los belgas en el liderato del grupo. Una igualdad que se mantuvo en el siguiente duelo, ya en marzo de 1995, y que volvió a enfrentar a ambas selecciones en La Rosaleda. Empate a uno y la clasificación más reñida que nunca, pero con un pequeño gran detalle para la historia: aquel 28 de marzo se produjo el debut de Raúl González Blanco con la sub’21. Raúl, que por entonces contaba con apenas 17 años, marcó de cabeza el único gol hispano.

El Mundial sub’20 de Qatar impidió a la emergente estrella blanca acudir al siguiente encuentro clasificatorio, resuelto con un cómodo 0-3 en Armenia, pero desde entonces se encargó de liderar al equipo mientras pedía a gritos una oportunidad en la absoluta. Los caucásicos no ofrecieron demasiada resistencia en Granada y volvieron a caer derrotados por 4-0, lo que sumado a la sorprendente derrota belga en tierras macedonias dejaba a los nuestros en franca posición para seguir peleando por su billete a Atlanta. La temporada 95/96 arrancó con la incorporación al grupo del mago Iván De la Peña y con otra victoria sobre Chipre, 3-1. Para entonces Bélgica se había desinflado y ni siquiera la contundente derrota en Dinamarca (5-1) hizo peligrar el pase español a cuartos de final, rubricado con otra goleada por 4-0 a Macedonia gracias a un hat-trick de Raúl.

Santi, De la Peña y Raúl, líderes del equipo
Con ocho equipos clasificados para cuartos de final, uno de ellos perteneciente a Reino Unido (Escocia) y que por tanto no acudiría a Atlanta (cosas de los británicos), quedaban 7 selecciones para jugarse las 5 plazas olímpicas europeas. Eso era lo importante y así lo demostraba el hecho de que ni siquiera a estas alturas del campeonato se supiera todavía dónde iba a disputarse la fase final del Europeo: sólo se sabía que se jugaría en uno de los países que lograran acceder a semifinales. El sorteo de cuartos pareció benévolo con España al evitarnos a potencias como Portugal, Italia, Francia o Alemania. O eso creíamos entonces, claro, porque la República Checa nos era totalmente desconocida; sin embargo, en unos pocos meses cambiaría nuestra impresión. En la ida disputada el 13 de marzo del 1996 en Granada, España se colocó con un 2-0 antes del descanso (goles de Dani y Roberto Fresnedoso), pero en la segunda parte los checos recortaron distancias por medio de Vladimir Smicer. El mal estado del campo, muy pesado y encharcado en muchas zonas, y la gran presión de un fuerte conjunto checo en el que figuraban hombres como Tomas Repka, Tomas Galasek o Vratislav Lokvenc no permitieron a España desarrollar su fútbol y el partido acabó con ese peligroso 2-1 que convertía la vuelta en Praga en una durísima prueba de madurez para una generación llamada a hacer grandes cosas.

Catorce días después Goikoetxea creyó haber dado con la tecla: para derrotar a Chequia hacía falta músculo y por eso sacó a tres centrales (Santi, Javi Navarro y Corino) y optó por incluir a Iñigo Idiákez en el once, dejando fuera a Lardín y De la Peña. Pero la cosa no funcionó demasiado bien y en el minuto 54 los checos, que estaban con 10 por expulsión de Repka, lograron el gol que les clasificaba virtualmente para los JJ.OO. Ese fue el punto de inflexión del partido: a partir de ahí España se sacudió los nervios y con la entrada de “lo pelat“ el campo se inclinó hacia el área local. En el minuto 70 el zaragocista Fernando Morientes, que acababa de entrar, asistió a Raúl para hacer el empate; los checos bajaron entonces los brazos y el encuentro bien pudo acabar en goleada, aunque hubo que esperar a que Raúl, ya al borde del 90, aprovechara un pase de De la Peña para colocar el 1-2 definitivo, desatando así la fiesta española. La selección podría defender la medalla de Oro lograda en Barcelona 4 años antes, pero primero todavía quedaba un importante objetivo: proclamarse campeones de Europa de la categoría.

Italia (que en el global derrotó 3-0 a Portugal), Francia (4-1 a Alemania) y Escocia (4-3 a Hungría) completaban el cuadro de semifinales y, ante la gran expectación que levantaba en todo el país esta generación de futbolistas, España pujó por conseguir la organización de la fase final. Sin demasiada lucha Barcelona fue la sede elegida y el Estadio Olímpico de Montjuic sería el escenario en el que se dilucidaría el campeón del X Europeo Sub’21. Pero los dos meses escasos que faltaban hasta la fase final no fueron precisamente tranquilos. Por si no hubiera tenido bastante con desoír la continua y creciente demanda popular de ver ya a Raúl y De la Peña en la absoluta, Javier Clemente tomó el mando de la sub’21, relegando a Andoni Goikoetxea (decisión que acabaría provocando la salida de este último de la RFEF tras el torneo), y fue el rubio de Barakaldo quien decidió la convocatoria final y dirigió al equipo desde el banquillo.

Los 18 convocados por Clemente fueron Juan Luis Mora (Oviedo), Jorge Aizkorreta y Aitor Karanka (Athletic Club), Sergio Corino (Mérida) Agustín Aranzábal, Iñigo Idiákez y Javier De Pedro (Real Sociedad), Santi Denia y Roberto Fresnedoso (Atlético de Madrid), Óscar García Junyent e Iván De la Peña (F.C. Barcelona), Gaizka Mendieta, José Ignacio, Sietes y Javi Navarro (Valencia), Jordi Lardín (Espanyol), Fernando Morientes (Real Zaragoza) y Raúl (Real Madrid). Respecto a la base del equipo que había logrado la clasificación destacaba la ausencia de Dani García Lara, que arrastraba una sanción de la UEFA tras haber sido expulsado en los últimos minutos del partido de Praga.

España celebra el gol de De la Peña a Escocia
España volvió a verse favorecida en el sorteo y se enfrentó en semifinales a la Escocia de Christian Dailly, Allan Johnston, Charlie Miller y Simon Donelly, evitando a los cocos italianos y franceses. Sin embargo, nada iba a ser fácil y al cabezazo de Óscar que puso por delante a los nuestros en el minuto 25 replicó Escocia con un tanto de Scott Marshall apenas cinco minutos después. Otros cinco más tarde, De la Peña clavaba una falta en la red escocesa y volvía a adelantar a España, que esta vez ya no se dejaría sorprender por el limitado conjunto británico. Sin ritmo y sin brillantez, pese a los nombres que había sobre el campo, España se limitaba a cumplir el trámite y se plantaba en una final en la que esperaba Italia, defensora del título y que había derrotado con un solitario gol de Francesco Totti a la potente Francia de Raymond Domenech, que contaba con Pires, Bonnissel, Candela, Vieira, Makelele, Dacourt y Wiltord, entre otros.

Italia posa antes de la final
Era esta una Italia verdaderamente fuerte, como todas las de los 90 (no en vano los transalpinos cerrarían la década con 4 de los 5 títulos de la categoría), pero la condición de local de España y la sensación comúnmente aceptada de que el juego que podía desarrollar el equipo hispano era netamente superior al que ofrecían los discípulos de Cesare Maldini hacía que prácticamente todos consideráramos favorita a la selección de Clemente. El equipo español formó con Mora en portería, Santi, Corino, Mendieta y Aranzábal en defensa, José Ignacio, Roberto, De la Peña, Idiákez y Lardín en el centro del campo y arriba Raúl como único punta; mientras que Italia presentó a Angelo Pagotto, Salvatore Fresi, Fabio Cannavaro, Fabio Galante, Alessandro Nesta, Christian Panucci, Raffaele Ametrano, Damiano Tommasi, Massimo Brambilla, Francesco Totti y Nicola Amoruso, dejando en el banquillo a un jovencísimo Gianluigi Buffon y a los conocidos Alessio Tacchinardi, Luigi Sartor, Domenico Morfeo o Marco Delvecchio. Y a pesar de las expectativas, desde el principio se vio que Italia parecía que pisaba Montjuic para algo mucho más importante que un simple partido de fútbol. En los primeros minutos la fuerza, velocidad y mejor disposición sobre el campo de los azzurri acorralaron a los locales, confusos por el dibujo táctico planteado por Clemente, y fruto de ese dominio llegó el gol de Idiákez en propia puerta, al despejar mal una falta sin aparente peligro. Era el minuto 12 y para entonces ya reinaba la sensación de estar viendo un partido de hombres contra niños.

Los niños eran los nuestros, claro, pero eran unos niños francamente buenos. Poco a poco, entre falta italiana y falta italiana, fueron cogiéndole el aire al partido y todo pareció despejarse cuando el austriaco Günter Benko expulsó a Nicola Amoruso por una falta que en realidad fue de Nesta. Era el minuto 35 y siete después llegaría el gol del empate, una auténtica obra de arte de Raúl, quien de forma inesperada (por lo poco que se prodigaba en esas lides) clavó en la escuadra una falta en la frontal del área. La segunda parte se preveía como una operación de acoso y derribo a la muralla italiana y la misión sólo se cumplió a medias: hubo acoso pero nadie fue capaz de derribar a Angelo Pagotto. Espoleados por la superioridad numérica y los metros concedidos por su rival, España se lanzó al ataque con Raúl, De la Peña, Lardín y los recién ingresados Óscar y De Pedro, pero una y otra vez las ocasiones eran desbaratadas por el meta Pagotto o alguno de sus numerosos y aplicados zagueros. La frustración iba en aumento y era imposible no retrotraerse dos años en el tiempo hasta aquella maldita tarde de julio en el Foxboro Stadium de Boston, ante el mismo rival y con casi idéntico desarrollo. Sólo que esta vez no había ningún Baggio sobre el campo, sino un Totti completamente desasistido y abandonado a su suerte.

Acabaron los 90 minutos y empezó la prórroga pero nada más cambió: ni las intenciones de unos y otros ni, por desgracia, el marcador. Hubo ocasiones de sobra, hasta Morientes entró al campo, pero ni por esas, y ni siquiera la expulsión de Raffaele Ametrano por doble amarilla ayudó a que España desequilibrara la balanza. Con nueve hombres Italia aguantó de pie, fiel a su estilo, y alcanzó la meta que se propuso desde que encajara el gol de Raúl. Y entonces llegó el momento que todos recordamos, una tanda de penaltis en la que el dios del fútbol volvió a burlarse de las estrellas que osaron probar fortuna desde los once metros. Tras el fallo inicial de Panucci, De la Peña pifió un disparo que Pagotto atajó sin apuros, y luego Fresi, De Pedro, Pistone, Aranzábal y Nesta convirtieron sus lanzamientos. Con 3-2 para Italia llegaba el turno de la otra gran estrella española, Raúl. Y Raúl falló. Pagotto adivinó sus intenciones y Domenico Morfeo puso la puntilla. Desolados mientras Cannavaro celebraba su premio como mejor jugador de la fase final, los estandartes de la nueva generación hispana, los nuevos ídolos de Madrid y Barça, le daban involuntariamente la razón a un Clemente que los consideraba aún demasiado inmaduros para una Eurocopa absoluta.

Pero el caprichoso destino siempre está dispuesto a dar otra vuelta de tuerca: semanas más tarde, en Wembley serían Nadal y Hierro (cualquier cosa menos jóvenes inexpertos y/o inmaduros) los que desearan que se los tragara la tierra. Los derrotados de Barcelona acudirían luego a Atlanta, donde a las órdenes de Clemente volverían a rendir por debajo de sus posibilidades, siendo barridos en cuartos de final por Argentina. El árbitro de aquel día, que no tuvo influencia en el 4-0 final, fue un tal Gamal Al-Ghandour. El fútbol es un pañuelo, y su dios un duendecillo burlón.


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Fuentes consultadas: 
http://www.rsssf.com
Hemerotecas de El País, ABC y Mundo Deportivo
Imágenes: http://hallofameperico.wordpress.com, http://www.giallorossi.it, http://www.marca.com

martes, 4 de mayo de 2010

1997, Europeo sub'16: Érase una vez en Egipto II (la precuela)

En su día hablamos de la selección sub'17 que en 1997 alcanzó brillantemente en Egipto la tercera plaza en el Mundial de la categoría, pero se nos había quedado en el tintero el primer paso de aquella camada, el Campeonato de Europa que sirvió para reservar plaza en el viaje a la tierra de los Faraones y, de paso, para llevar un nuevo título continental a las vitrinas de la Federación. Y si la crónica de ese Mundial sirvió para iniciar los artículos dedicados a los torneos anteriores al sub'20 de Nigeria, parece más que adecuado que retomemos esos relatos precisamente con el Europeo que precedió a la cita egipcia. Así que hoy es el momento de recordar aquel torneo, celebrado en varias localidades del centro de Alemania, en el que la selección española se alzó con el triunfo y recuperó así una hegemonía en la categoría que Portugal, con dos títulos consecutivos, había puesto en entredicho. De entrada, el combinado de Santisteban tuvo que vérselas con Inglaterra y la República Checa en un triangular en tierras británicas en el que estaba en juego la clasificación para la fase final. En el debut España se sobrepuso a los nervios, al ambiente hostil y a un tempranero gol inglés para acabar infligiendo un duro correctivo a la selección anfitriona, un 1-5 que sirvió como inmejorable carta de presentación ante el mundo. Un empate a uno ante los checos valió para asegurarse el pase, y a finales de abril el equipo se plantó en Alemania dispuesto a todo, aún siendo consciente de la dificultad que entrañaba ganar un campeonato que en aquellos años se disputaba a 16 selecciones.

Encuadrada en el grupo C, junto a Ucrania, Polonia y Austria, España sufrió una especie de déjà-vu en el partido inaugural ante los ucranianos. A los ocho minutos, un gol en contra y la expulsión del central Zuhaitz Gurrutxaga parecían trasladar al equipo al complicado partido en Inglaterra. Y en realidad algo así debió de suceder, porque la reacción hispana se concretó también esta vez en una inesperada goleada por 6-1 gracias a los goles de Miguel Mateos (dos), David Rodríguez-Fraile, Camacho, Corona y Antonio Cuartero, delantero por entonces de la cantera del Real Madrid, capitán de aquella generación y que se perdería la cita mundialista de Egipto por una inoportuna lesión. Con la moral por las nubes tras la remontada del primer día, España derrotó a Polonia por 2-1, con doblete de Juanjo Camacho, y selló su inmaculado pase a los cuartos de final con otra victoria, esta vez por 2-0, ante Austria, con goles de Nelo y David. El núcleo del equipo era prácticamente el mismo que jugaría el Mundial cuatro meses después, siendo las variaciones más significativas las del citado Cuartero y el central del Valladolid Javier Baraja, que tampoco pudo estar a orillas del Nilo (Sousa, Xavi o Sergio Santamaría serían algunos de los recambios), y ya entonces se veía que había mimbres para construir una gran escuadra.

Pero había que ir paso a paso, y el siguiente obstáculo iba a ser Eslovaquia, una selección que se plantaba en cuartos de final aprovechándose tal vez de la debilidad de un grupo que compartía con Turquía, Eslovenia e Islandia, pero que desde luego iba a vender cara su derrota. De hecho los eslovacos se adelantaron en el marcador al cuarto de hora, y España tuvo que remontar una vez más. Mateos igualó antes del descanso y en la segunda parte dos goles casi seguidos de Camacho pusieron las cosas en su sitio. En semifinales esperaba Alemania, el equipo anfitrión, que llegaba como favorito tras pasearse ante sus rivales, con nueve goles a favor y sólo uno encajado en los cuatro primeros partidos. Era una auténtica final anticipada y así se plasmó sobre el terreno de juego, con dos equipos luchando fieles a su estilo y que nunca dieron facilidades al rival. España tomó el mando del balón y logró romper el choque en el tramo final, gracias a sendos goles de Cuartero y David Rodríguez-Fraile. El postrero tanto alemán sólo sirvió para poner la pizca de emoción que necesita todo gran partido, y los chicos de Santisteban pudieron celebrar el pase a la final y la clasificación directa para el Mundial sub'17.

Hay una teoría en este tipo de campeonatos (y no sólo en el fútbol) que hace que los entrenadores suelan recelar cuando les toca enfrentarse por segunda vez a un rival al que ya vencieron en una fase anterior. Se dice que entran en juego la relajación de unos y las ganas de revancha de los otros, y que no es nada infrecuente que la víctima acabe convirtiéndose en verdugo. La realidad es que hay ejemplos para todos los gustos, unos que reafirman dicha teoría y otros que la desmontan, pero imagino que a Juan Santisteban no le haría mucha gracia tener que jugarse el título ante Austria, que había logrado el pase en una agónica tanda de penaltis ante Suiza. Tras haber derrotado a Alemania en semifinales y haber vencido claramente a los austriacos en la fase de grupos, la selección española tenía que asumir el papel de favorita indiscutible y eso, a estas edades, puede que pesara en las piernas y en la cabeza de nuestros chavales cuando saltaron al estadio de la pintoresca localidad germana de Celle. El partido discurrió con dominio español, aunque inmerso en una batalla física que favorecía a los centroeuropeos. Las ocasiones llegaban con cuentagotas pero ni el pichichi Camacho ni la pareja de arietes madridistas ni su compañero Corona fueron capaces de batir la meta rival, y por momentos parecía que la maldita teoría iba a sumar aquel 10 de  mayo un nuevo punto a su favor. Con empate a cero se llegó al final del tiempo reglamentario y de la prórroga, y hubo que recurrir a los lanzamientos desde los once metros para dilucidar quién levantaría el trofeo continental. Pero ahí emergió la figura del benjamín del equipo, el guardameta Iker Casillas, que detuvo el quinto y último penalti de una tanda hasta entonces sin fallo para tirar por tierra esos malos augurios y comenzar a inscribir su nombre en la mente de los aficionados. Era el cuarto entorchado en categoría sub'16 para España, y el primer título de una larga lista para el chaval de Móstoles. Él acabó llegando a lo más alto; la mayoría de sus compañeros, como ya les advertía Julio César Iglesias en El País el día después de la final (y como desgraciadamente comprobamos en aquella entrada sobre el Mundial que disputaron), terminó viendo cómo eran otros los que jugaban los partidos del siglo de cada semana. El orgullo de ganar un Europeo, eso sí, jamás se lo quitará nadie.

viernes, 4 de diciembre de 2009

La ¿maldición? de Cobi

El otro día se quedó pendiente un repaso a la carrera de nuestros campeones olímpicos en Barcelona'92, especialmente a las circunstancias especiales que rodearon casi todas sus retiradas. Porque la mayoría disfrutaron de unas carreras relativamente brillantes, alcanzando en muchos casos la selección absoluta, participando en Mundiales y Eurocopas y logrando varios títulos con sus respectivos equipos, pero también casi todos se vieron envueltos en lesiones y polémicas a la hora del adiós, muchas veces más temprano de lo normal para un futbolista profesional. Seguramente no sean más que un cúmulo de casualidades, pero no deja de ser curioso echar un vistazo y ver que del once titular de la final prácticamente nadie se salva de lo que la gente no tardó en llamar "la maldición de Cobi".

Toni Jiménez había completado un torneo olímpico memorable. Se había hecho con el puesto adelantando a un Cañizares que se perfilaba como titular antes del campeonato, y consiguió llegar a la final sin recibir ni un solo gol. Aquel año había estado cedido por el Barça en el Figueres, con el que se quedó a un paso de ascender a Primera. Tras los Juegos estuvo a punto de firmar por el Zaragoza pero a última hora prefirió la oferta del Rayo Vallecano, con el que debutó en la máxima categoría de la mano de Jose Antonio Camacho. Con el técnico murciano viajó después al Espanyol, al que devolvió a Primera, asentándose rápidamente como uno de los mejores guardametas de la categoría (llegó incluso a debutar con la absoluta, con Camacho, cómo no), hasta que en 1999 fichó por el Atlético para conformar una portería de auténtico lujo junto a Molina. Pero todo se torció. Suplencia, descenso y un error garrafal en la final de Copa ante su ex-equipo le marcaron y desde entonces la inseguridad y los errores fueron sus acompañantes. Pese a regresar al club perico en 2003, la temporada siguiente se retiró con 34 años, una edad no excesivamente elevada para un guardameta.

Juanma López era uno de los defensas más temidos por los delanteros de la Liga a principios de los 90. Fuerte y expeditivo, su juego al límite le ocasionó más de un disgusto en forma de expulsión y pronto se le colgó la etiqueta de leñero, aunque en su defensa alegaremos que en su historial no consta ningún lesionado. Tras ganar el doblete con su Atleti, su carrera se truncó en 1997 con una grave lesión de rodilla de la que recayó en varias ocasiones (una incluso por culpa de un accidente doméstico) y que acabó obligándole a retirarse en 2001.

Abelardo ya había debutado con la selección absoluta en uno de los primeros partidos de Miera y era uno de los defensas con más proyección del país. Su crecimiento le llevó al Barça en 1994, donde fue pieza indiscutible en el equipo hasta que las lesiones comenzaron a acosarle. Problemas musculares y de rodilla le llevaron a decir adiós a los terrenos de juego en 2003, cuando militaba en el Alavés. Actualmente entrena al filial de su Sporting y hace sus pinitos como comentarista televisivo.

Roberto Solozábal fue el primero de los titulares en caer. Capitán de la selección y símbolo de la cantera rojiblanca hasta su salida del club de Manzanares en 1997, Solozábal destacaba por su buena planta, colocación, inteligencia táctica y un aseado manejo de balón, pero acabó siendo víctima de dos de los propietarios más peculiares del fútbol español, Jesús Gil y Manuel Ruiz de Lopera. Tras el doblete atlético de 1996 y la decepción de la Champions League la temporada siguiente, el capitán colchonero fue puesto en la lista de transferibles en una de esas extrañas decisiones de Gil y recaló en el Betis, donde terminó todavía peor: apartado del equipo y en los tribunales, que además acabarían dando la razón al club hispalense. Era la temporada 1999-2000, y aquel mismo verano Solozábal decidió colgar las botas y dedicarse a sus negocios.

Mikel Lasa probablemente sea el titular que menos padeció por la supuesta maldición. Lasa fue un carrilero zurdo criado en la Real Sociedad y que durante 6 temporadas recorrería la banda del Bernabéu, aunque perdiendo importancia en el equipo año a año. En 1997 la llegada de Capello (y sobre todo la de Roberto Carlos) le obligó a hacer las maletas con rumbo al Athletic, donde alcanzaría el subcampeonato liguero en la mejor temporada del club bilbaíno en los últimos años, pero tampoco pudo hacerse un hueco en el equipo y acabó fichando por el Real Murcia, donde permaneció dos años y consiguió un ascenso. Luego firmaría por el Ciudad de Murcia, también en Segunda, y en 2004 pondría fin a su carrera, con 33 años.

Albert Ferrer puso fin a sus correrías por la banda derecha en 2003, al finalizar su contrato con el Chelsea, al que llegó en 1998 como uno de los efectos colaterales del aterrizaje de Louis Van Gaal en Can Barça. Quizá el tener que dejar su club de toda la vida fuera el único efecto de la maldición, porque en Londres brilló varios años, llegando a ser considerado uno de los mejores extranjeros de la Premier, hasta que la edad y la llegada de jóvenes valores le condenaron al banquillo y luego a la retirada, cuando contaba con 33 primaveras.

Luis Enrique, uno de los muchos canteranos del Sporting presentes en los Juegos, ya pertenecía entonces al Real Madrid y acabaría fichando por el eterno rival de los blancos en 1996, tras una salida no demasiado amistosa de la Casa Blanca. Futbolista de raza y tremendamente polivalente, en el Barça disfrutó de sus mejores años como profesional hasta que el club entró en barrena a comienzos de siglo. Señalado indirectamente como uno de los responsables del mal momento del equipo, decidió retirarse en 2004 y durante un tiempo se instaló en Australia, entregado a su otra pasión: el atletismo. Participó en varios maratones y pruebas de triatlón hasta que el año pasado fue reclutado por el Barça para sustituir a Guardiola como técnico del filial blaugrana.

Pep Guardiola disfruta nuevamente de las mieles del éxito como entrenador, pero su última etapa como futbolista al máximo nivel no fue demasiado positiva. Tras ser y ganar todo en el Barça, en 2001 Guardiola anunció su marcha al fútbol italiano, negando que la mala marcha del equipo esa temporada tuviera algo que ver en su decisión. Simplemente quería probar otro fútbol mientras todavía estuviera a un nivel aceptable, pero no tuvo demasiadas ocasiones. Jugando en el Brescia, Pep dio positivo por nandrolona en un control antidopaje en el mes de noviembre y se pasó cuatro meses sancionado, perdiendo las opciones de acudir al Mundial de 2002 y protagonizando un largo proceso judicial del que todavía no hace mucho que quedó absuelto. El escándalo, que de cuando en cuando amaga con volver a la primera plana, no afectó a su fichaje por la Roma, pero en la Ciudad Eterna Capello no cuenta con él y acaba volviendo al Brescia. Luego Guardiola inició una exótica aventura en el Al Ahly de Qatar y, después de un año retirado, acudió a la llamada de su amigo Lillo para disputar el Clausura mexicano de 2006 con los Dorados de Culiacán. Entre medias completó el curso de entrenador, y tras anunciar su retirada definitiva a finales de 2006, la temporada siguiente asumió el mando del Barça B con las miras de todos puestas en su futuro con el primer equipo. El resto es historia.

Rafael Berges también ha probado suerte como entrenador, aunque sin tanto éxito. Berges era un lateral y centrocampista zurdo que tras pasar por el Tenerife desarrollaría casi toda su carrera en el Celta, siempre acosado por las molestias físicas, y al que una grave lesión obligaría a colgar las botas definitivamente en 2002 cuando ya había regresado a su Córdoba natal.

Alfonso Pérez Muñoz también tuvo que lidiar con multitud de problemas físicos. Durante varios años estuvo considerado el sucesor de Butragueño hasta que un pipiolo de nombre Raúl le adelantó por la derecha. El de Getafe tuvo que buscarse la vida en el Betis, donde triunfó con sus goles y se ganó otra oportunidad al más alto nivel: la que le dio el Barcelona tras la Eurocopa de 2000. Pero las cosas no funcionaron y tras pasar una breve etapa en el Olympique de Marsella regresó a Heliópolis, aunque ya no pudo volver a rendir al máximo y acabó retirándose en 2004. Para la historia quedará su gol a Yugoslavia en la Eurocopa de 2000 y el estadio de Getafe que lleva su nombre.

¿Y qué decir de Kiko Narváez que nadie conozca? Pues si acaso que aquel Oro le sirvió para convencerse de que definitivamente podía hacer carrera en esto del fútbol, a pesar de que ya el año anterior había sido el salvador de su Cádiz. Después ficharía por el Atlético, se convertiría en un ídolo para la afición del Manzanares y acabaría descendiendo a los infiernos. Lastrado por sus eternos problemas de tobillo, salió mal del club rojiblanco (y quién no) y tras ver frustrado en dos ocasiones su traspaso al Calcio (primero al Milan y luego al Lazio), se retiró con más pena que gloria en el Extremadura en 2002 y comenzó entonces una meteórica carrera en los medios.

Pero el maleficio también afectó a varios suplentes. De hecho el primero en sufrir sus perniciosos efectos fue un ocupante habitual del banquillo, el defensa Miguel Hernández, que en 1992 pertenecía al Rayo Vallecano y que en 1994 fichó por el Espanyol, por petición expresa de Jose Antonio Camacho, su ex-entrenador en Vallecas. Pero en Barcelona no tuvo casi oportunidades y tras fichar por el Lleida de Segunda División acabaría colgando las botas en 1998 por una grave lesión. Dos años más aguantó el centrocampista David Billabona (en la imagen), que destacó varias temporadas en el Racing pero al que tampoco respetaron las lesiones. Tras dejar el fútbol, Billabona se marchó a vivir al Pirineo oscense, alejado por completo de su antiguo oficio.

Párrafo aparte merece Santiago Cañizares. Criado en la cantera del Real Madrid, brilló en Elche y Mérida en Segunda y tras los Juegos el Celta le dio la oportunidad de debutar en Primera. Pronto se ganó el puesto, el Zamora y la convocatoria con la absoluta, con la que tuvo un brillantísimo debut en el inolvidable partido ante Dinamarca que nos dio la clasificación para el Mundial de 1994. Volvió al Real Madrid, pero en Chamartín vivió primero a la sombra de Buyo y luego de Illgner, justo cuando parecía que iba a asentarse en la portería merengue, por lo que tras ganar la Copa de Europa de 1998 puso rumbo a Valencia. Allí demostró ser uno de los mejores porteros del país y se mantuvo inamovible bajo los palos, pero también comenzó a sufrir los efectos de la maldición. Una actuación más que discreta en la Eurocopa de 2000, dos finales consecutivas de Champions perdidas y un extraño incidente en el hotel que le privó de acudir al Mundial 2002 sirvieron para alimentar la leyenda. Y cuando parecía que todo volvía a funcionar, en 2008 llega Ronald Koeman al banquillo ché y decide apartarlo del equipo. Fueron cuatro meses de ausencia, declaraciones incendiarias y mal ambiente en general que acabaron con la destitución del holandés, la vuelta del portero a la titularidad y, finalmente, la rescisión amistosa del contrato mientras surgía una turbia acusación de una menor que afortunadamente no tardó en aclararse.

Del resto no podemos decir que hayan padecido demasiado por este hipotético embrujo.  Paqui eligió el verano de 2004 para colgar las botas, en su caso después de completar una carrera llena de altibajos que le llevó por Tenerife, Zaragoza, Hércules, Las Palmas y Osasuna, jugando sólo con cierta regularidad en las Canarias. Javier Manjarín, que no llegó a disputar ni un minuto en aquellos juegos, sí tuvo un brillante paso por Primera. Criado como muchos de sus compañeros de selección en la cantera de Mareo, fichó por el Deportivo en 1993 para formar parte de aquel SuperDepor que tantas alegrías y alguna que otra lágrima causó a la afición coruñesa. En 1999 se marchó al Racing de Santander, y en 2001 inició una aventura al otro lado del charco que le llevó al Atlético Celaya y al Santos Laguna de la Liga mexicana. Regresó a Galicia en 2004 para retirarse en el Arteixo. Otro que no tuvo mayores problemas con la supuesta maldición fue Jose Emilio Amavisca (en la imagen), que en 1994 fichó por el Real Madrid, se ganó un sitio para el que parecía descartado antes de empezar la temporada y se convirtió en pieza clave de aquel Madrid de Valdano. Luego su importancia en el equipo iría disminuyendo y en 1998 fichó por el Racing, club en el que se había formado y donde vivió un descenso (junto a Manjarín, ¿quizá fruto de la maldición?) que provocó su salida hacia el Deportivo en 2001. Allí vivió los mejores momentos del gran equipo de Irureta, semifinales de Champions incluídas, y en 2005 puso fin a su carrera en el Espanyol, donde apenas jugó una temporada.

La carrera más plácida de todos fue sin duda la de Paco Soler, que no se movió de Mallorca desde que debutara en 1990 hasta su retirada en 2004. Luego, ya como entrenador, probó suerte en el Beira Mar portugués, pero no tardó en volver a la isla para entrenar al Atlético Baleares. Ni rastro de maldición. Tampoco podemos decir que la historia de su paisano Gabriel Vidal tenga mucho que ver con la mala suerte, simplemente no llegó a destacar. Pasó por Leganés, Getafe, Ciudad de Murcia, Granada y Atlético Baleares, siempre bajando de escalón, hasta retirarse en 2004. Por último, Antonio Pinilla (en la imagen) fue junto con Cañizares el componente más longevo de aquella selección, ya que se mantuvo en activo hasta el final de la campaña 2007/2008. Criado en la cantera del Barça, la explosión del Dream Team le obligó a buscar su sitio en clubes menores y tras pasar cedido por Mallorca y Albacete recaló en Tenerife, donde se convirtió en uno de los puntales del equipo en los mejores años de su historia. Tras el descenso del club chicharrero, en 2001 Pinilla fichó por el Salamanca y al año siguiente fue traspasado al Nástic de Tarragona, en el que acabaría su carrera tras vivir todo tipo de situaciones: ascensos, descensos, lesiones, bajas, nuevas contrataciones... Tras más de 200 partidos con el club grana, Pinilla ejerce ahora las labores de director deportivo.

¿Conclusiones? Pocas, y cada uno tendrá las suyas, pero hemos de reconocer que toda esta historia ha servido al menos para recordar un poco mejor a nuestros campeones olímpicos, ¿no?


lunes, 30 de noviembre de 2009

1992, Juegos Olímpicos: La Quinta de Cobi

El Oro olímpico de Barcelona'92 fue durante muchos años (demasiados) el  único triunfo que llevarnos a la boca, la única alegría que citar en un rosario de ilusiones rotas y oportunidades perdidas. Y ni siquiera estábamos seguros de que realmente fuera importante. Porque como dijimos en su día, el torneo olímpico de fútbol es el patito feo de las competiciones internacionales (sólo hay que ver dónde lo sitúa la propia FIFA en la lista de Torneos que organiza: debajo de los Mundiales de fútbol sala y fútbol playa y sólo por encima de un campeonato de videojuegos y de un torneo amistoso para equipos juveniles en Suiza), un engendro inclasificable y molesto que muchos querrían desterrar del programa olímpico, un fallido intento de campeonato mundial de una categoría que no existe a caballo entre el fútbol juvenil y el profesional.  Así que  no sabíamos cómo ubicarlo en la sala de trofeos de nuestros recuerdos. ¿Era un título absoluto? No. ¿Era un Mundial, aunque fuera en categorías inferiores? Tampoco. Era simplemente lo que era, una medalla más en unas Olimpiadas (históricas para nuestro país y nuestro deporte) pero sin mayor trascendencia en el mundo futbolístico. Así que sí, podíamos decir que habíamos sido campeones, aunque tampoco se podía presumir demasiado de aquel título. Pero de ese equipo sí, y a eso nos dedicaremos hoy.

Como casi siempre, por aquel entonces la selección española vivía un momento de depresión. Tras una buena década en los ochenta, los noventa habían comenzado con la dolorosa eliminación en octavos en el Mundial de Italia, y mientras en la Liga se producía el traspaso de poderes entre la Quinta del Buitre y el Dream Team, el equipo nacional sufría las consecuencias del mismo cambio generacional, lo que nos abocó a ver desde casa la Eurocopa de Suecia, la única gran competición que nos hemos perdido en los últimos 30 años. Vicente Miera había llegado al cargo de seleccionador nacional en mayo de 1991 en sustitución de Luis Suárez, pero con la clasificación ya casi imposible no sólo no pudo hacer que el equipo remontara sino que protagonizó una de las derrotas más sonrojantes que se recuerdan, un 2-0 en Islandia que terminó por sepultar cualquier esperanza de viajar a Suecia. Con Javier Clemente ya contratado para iniciar la nueva etapa, al cántabro se le permitió encargarse (junto al mítico Kubala) de una selección olímpica que parecía repleta de talento, aunque en realidad, y pese a las ausencias de selecciones como Argentina, Alemania o Brasil, nadie  quisiera aventurarles un resultado positivo a unos chavales que acabarían pasando a la historia de nuestro fútbol.

Núm. - Nombre - Nacimiento - Posición - Club
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1.- Jose Santiago CAÑIZARES Ruiz - 18/12/1969 - AR - C.P. Mérida
2.- Albert FERRER Llopis - 06/06/1970 - DF - F.C. Barcelona
3.- Mikel LASA Goikoetxea - 09/09/1971 - DF - Real Madrid C.F.
4.- Roberto SOLOZÁBAL Villanueva - 15/09/1969 - DF - Atlético de Madrid
5.- Juan Manuel LÓPEZ Martínez - 03/09/1969 - DF - Atlético de Madrid
6.- David BILLABONA Etxaleku - 05/12/1969 - MC - Athletic Club
7.- Jose Emilio AMAVISCA Gárate -19/06/1971 - DL -  Real Valladolid
8.- LUIS ENRIQUE Martínez García - 08/05/1970 - DL - Real Madrid C.F.
9.- Josep GUARDIOLA Sala - 18/01/1971 - MC - F.C. Barcelona 
10.- ABELARDO Fernández Artuña - 19/04/1970 - DF - Sporting de Gijón
11.- Javier MANJARÍN Pereda - 31/12/1969 - DL - Sporting de Gijón
12.- Francisco Veza Fragoso "PAQUI" - 06/12/1970 - DF - C.D. Tenerife
13.- TONI Jiménez Sistachs - 12/10/1970 - AR - U.E. Figueres
14.- Gabriel VIDAL Nova - 05/10/1969 - MC - Real Mallorca
15.- Francisco SOLER Atencia - 05/03/1970 - MC - Real Mallorca
16.- MIGUEL Hernández Sánchez -19/02/1970 - DF -Rayo Vallecano
17.- Rafael BERGES Marín - 21/01/1971 - DF - C.D. Tenerife
18.-Antonio PINILLA Miranda - 25/02/1971 - DL - F.C. Barcelona
19.- KIKO Narváez Manchón - 26/04/1972 - DL - Cádiz C.F.
20.- ALFONSO Pérez Muñoz - 26/09/1972 - DL - Real Madrid C.F.


Desde el fallecimiento unos meses antes del mítico Juanito, entrenador de Cañizares en el Mérida, a las estériles negociaciones del capitán Solozábal con la Federación a cuenta de las primas, pasando por el hecho de vivir unos Juegos Olímpicos recluídos en un hotel a más de 300 kilómetros de la Villa Olímpica y sin contacto alguno con el resto de deportistas, el equipo vivió unas circunstancias tan especiales a lo largo de toda la concentración que sin duda alguna acabaron por marcar al grupo y cohesionarlo de una manera pocas veces vista, como ellos mismos se han encargado de reconocer en diversos encuentros posteriores. En un torneo que supuso la apertura a los profesionales (aunque menores de 23 años), casi todos venían de jugar en Primera, e incluso los del Barça lo hacían como campeones de Europa. El once tipo estuvo formado por Toni; Juanma López, Lasa, Solozábal, Abelardo; Guardiola, Luis Enrique, Ferrer, Berges; Kiko y Alfonso, aunque hubo bastantes variaciones y jugadores como Paco SolerAmavisca también aparecieron en varias alineaciones. En otras selecciones, futbolistas como los suecos Thomas Brolin, Joachim Bjorklund y Patrick Andersson, el australiano Mark Bosnich, el danés Thomas Helveg, el marroquí Noureddine Naybet, los paraguayos Celso Ayala y Carlos Gamarra o los estadounidenses Claudio Reyna y Cobi Jones, además de otros que veremos enseguida, llegaban a Barcelona (y a Valencia, Zaragoza y Sabadell, subsedes del torneo) dispuestos a colgarse el Oro.
 
Como es habitual, el torneo de fútbol comenzó un par de días antes de la inauguración oficial de los Juegos, y España debutó en Mestalla ante Colombia el 24 de julio. Enfrente de los nuestros había jugadores de la talla de Harold Lozano, Faustino Asprilla o Víctor Aristizabal, pero en un duro partido que acabó con 4 expulsados, dos por cada bando, los de Miera se impusieron con contundencia (4-0) gracias a los goles de Guardiola, Kiko (o Quico, como figuraba en su camiseta), Berges y Luis Enrique. Una vez superado el escollo más complicado, España no tuvo problemas para deshacerse de Egipto (2-0, goles del capitán Solózabal y Soler) y Qatar (también 2-0, esta vez con tantos de Kiko y Alfonso). A partir de ahí ya no habría facilidades, pero la selección hizo del campo del Valencia un auténtico fortín, mostró una fortaleza defensiva espectacular y superó en cuartos a la Italia de Peruzzi, Albertini o Dino Baggio con un solitario gol de Kiko, y luego en semifinales se impuso a la siempre inquietante Ghana con tantos de Abelardo y Berges. España se plantaba en la final con un impresionante balance de 11 goles a favor y 0 en contra, beneficiándose también de no haber tenido que desplazarse nunca de su sede (al contrario que el resto de equipos, que acusaron los viajes por carretera entre Barcelona, Zaragoza y Valencia a los que fueron obligados) y pese a la fortaleza que estaba mostrando Polonia, que contaba en sus filas con nombres como los de Kowalczyk o Juskowiak, ya pocos dudaban de que el Oro se quedaría en casa. ¿Quién no recuerda aquella final? Vale, quizá los más jóvenes no tengan grabado a fuego en su memoria aquel magnífico encuentro, pero para eso está internet y más concretamente Youtube, para descubrir o volver a disfrutar, según el caso, todo lo que sucedió aquella mágica tarde de agosto en el Camp Nou, con los Reyes volando al descanso en helicóptero desde el Estadio Olímpico tras presenciar el no menos inolvidable Oro de Fermín Cacho en 1.500. Como una imagen vale más que mil palabras (y ya no digamos si son mías), os dejo unos minutos con el vídeo resumen de la final (desgraciadamente con audio polaco).




El abrazo entre Ferrer y un Kiko al borde mismo de las lágrimas y la posterior piña de todo el equipo quedó para la historia como una de las imágenes de esos Juegos Olímpicos. Era la culminación del sueño de un equipo que había ido ganándose el respeto y la admiración de todos desde la sombra de su destierro valenciano hasta alcanzar el clímax en un Camp Nou entregado a una nueva generación de futbolistas que quedó bautizada para siempre como "La Quinta de Cobi", en honor a la mascota diseñada por Mariscal. Pero con el paso de los años, mientras la selección absoluta (ya con muchos de los campeones olímpicos en sus filas) continuaba quedándose a las puertas de los títulos, las lesiones y la mala suerte comenzaron a cebarse con la mayoría de integrantes de aquel equipo, dando pie a que surgiera la leyenda de "la maldición de Barcelona'92". Uno tras otro, los once titulares de la final (y algún que otro suplente) fueron cayendo en desgracia antes de tiempo por los más diversos motivos. Pero eso lo dejamos para otra ocasión. Hoy solamente queremos recordar los buenos momentos que nos deparó esta selección en un mes mágico que forma parte de la historia de nuestro deporte.